Las cartas que no envío

Tengo muchas ganas de escribir una carta de las antiguas. De esas que empiezan con “Querida María”. No parece ser una tarea fácil sin embargo. Las cartas de verdad no se parecen a los mensajes escritos que intercambiamos por celular o correo electrónico. Son mas parecidas a un ensayo o incluso a un cuento, donde tienes un inicio, un nudo y un desenlace. Tienes que encontrar un tema central y desarrollarlo, aunque eso no impida tener temas accesorios. De hecho los temas accesorios son necesarios, igual que el diamante de la corona necesita las piedras accesorias para brillar aún mas.

Durante mucho tiempo las cartas fueron consideradas una forma de literatura. Caían dentro del género epistolar tanto las historias escritas en forma de cartas (Frankenstein, por ejemplo) como la correspondencia de escritores famosos (las cartas a Milena de Kafka). Se ponía todo el esmero en escribir una carta, porque tal vez en el futuro alguien las leería y era bueno que contuvieran cosas interesantes de leer.

Hoy en día la epístola parece destinada a desaparecer. Ha muerto como consecuencia de las nuevas tecnologías: correo electrónico, mensajero instantáneo y SMS han convertido la comunicación escrita en algo trivial y banal. Escribimos esperando que nuestras palabras desaparezcan tan pronto como son leídas. Usamos la palabra escrita en la misma forma que usamos la palabra hablada y la tratamos de la misma forma, olvidando que aunque las palabras se las lleva el viento, los e-mails se quedan en la red, los SMS se quedan en el teléfono del receptor y los mensajes instantáneos… bueno, sabrá dios donde quedan.

Quiero escribir una carta para rebelarme darle un poco de trascendencia a lo que escribo, y para tener alguna certeza sobre su destino. Aunque tal vez debería decir escribirle una carta. Porque la carta que quiero escribir tiene destinatario, que aunque no sé si leerá este blog, sé que leería cuidadosamente y guardaría la dichosa carta,  aunque no sabría decir por cuanto tiempo haría lo segundo.

De momento me conformaré con imaginarme que esto mismo lo escribo en papel, lo adorno con detalles de la vida diaria y lo envío a su puerta metido en un sobre, donde ella lo recibe y lo guarda junto con todas las otras cartas que no envío.

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